HISTORIA:
Al decir "Gaucho Colonial" estoy significando la
palabra Gaucho hasta poco antes de 1815/1816. Vestía
este, chaqueta corta que no pasaba de la mitad de la
espalda, con cuello, puños y solapas de terciopelo;
camisa blanca con cuello largo, corbatín negro chaleco
de raso o de tela brillosa con dos o tres botones, muy
abierto con solapa por donde se asomaba una especie de
"jabot".
El pantalón, ceñido a la pierna, a la que llamaban
calzón español, llegaba hasta más debajo de la rodilla,
y estaba abotonado al costado cuatro botones y una pasa
cordón que se anudaba rematado con 2 borlas de color;
desde allí seguía hasta los tobillos una especie de
calzoncillo, ensanchándose de arriba hacia abajo y
rematado este con flecos y bordados que se llamaban
"cribos". A esta prende se le llamo calzoncillo
"cribao"; una faja angosta, o fajín ceñido de color
oscuro, anudándose al costado izquierdo cayendo sus
puntas, sujetaba el pantalón. Este pantalón o "calzón
español" comenzó a desaparecer cerca de 1820, siendo
reemplazado por el chiripa. Este "gaucho colonial", o
primitivo, usaba "botas de potro" a las que le sacaba
las puntas, por donde se asomaban los dedos de los
pies, es decir las despuntaba. Esto lo hacia así pues
hacía heredado de los indios "pampas" su forma de
estribar, que consistía en afirmar los dos primeros
dedos de cada pie sobre un nudo hecho en cada extremo
de un tiento retorcido que cruzaba el lomo del caballo.
A este rústico estribo se le llamó "pampa" y a los
nudos de cada extremo "botón pampa".
Su arma era un cuchillo, al que llamaba "alfajor" que
calzaba adelante en la cintura. Esta denominación
deriva de alfange una especie de sable corto y curvo,
con filo solamente por un lado, y por los dos en la
punta, también uso un cuchillo largo y recto al que
llamaba "faca", de origen andaluz, y del cual derivaría
después otro de hoja más ancha llamado "facón".
Completando su vestimenta usó un sombrero cónico,
rígido de ala mediana, con barbijo esto consistía en un
pequeño lazo o cordel que cayendo desde el costado del
ala se unía a la misma altura del otro lado, y servía
para sujetar el sombrero a la cabeza. También usaba un
poncho o "manteo" que derivaba de manta, que
generalmente llevaba doblado sobre el brazo izquierdo o
el hombro del mismo lado.
A partir de de 1816/1817
El calzón español que venía usando el gaucho colonial
desde antes de 1810 fue desapareciendo paulatinamente
desde 1815/1816, aproximadamente, siendo reemplazado
por el chiripa a tal punto que ya en 1818 no había
ninguno que usase esa primitiva prenda hispana.
El chiripa, que en quichua significa "para frío" es
decir para protegerse del frío, lo venían usando los
indios desde antes de 1810, e inicialmente y en
particular los indios pampas lo usaban "jerga" mientras
que los españoles y criollos la denominaban "bayeta", y
era de muy baja calidad.
También este chiripa fue usado antes de 1815 por
gauchos humildes, gauchos pobres, especialmente para
trabajar.
En lo referente a los colores el gaucho sureño los
usaba de color beige o bayo como solía llamar al color
marrón claro y también al gris; tenía guardas o bandas
listadas en los costados de color blanco, marrón
oscuro, crema; si eran de color oscura las bandas
laterales eran más claras. En todos los casos dichas
guardas o bandas listadas eran bien definidas es decir
los colores no se esfumaban o fundían entre sí
(degrade).
También se usaba el chiripa con una franja o banda de
colores por el medio.
VESTIMENTA DE LA PAISANA ARGENTINA
Erróneamente los llamados nativistas,
en la presentación de sus conjuntos o grupos de
baile, llaman al vestuario femenino traje de
china, confundiendo los términos y adjudicando, en
una generalización poco feliz el calificativo de
china, a todas las mujeres de nuestro campo, siendo
que éste se aplicó originalmente a un tipo femenino
bien definido, que deambulaba con los soldados, etc. de
costumbres y profesión, bastante más que dudosas.
Algunos otros grotescos errores son también cometidos
con respecto a su vestimenta en las representaciones
artísticas,
De inventarios y otros documentos, en
los Archivos de Buenos Aires, Córdoba, La
Pampa, y la region Cuyana. hemos extraído una lista de
prendas de uso femenino en la campaña, hacia fines del
Siglo XVIII, a saber: camisas de Bretaña, anchas o
angostas, labradas con seda Tancay o seda negra y otras
de roan labradas con hilo de algodón azul, otras de
lienzo de algodón, y también de Bretaña pero con mangas
de cambray: polleras de telas diversas y colores vivos
(coloradas, verdes, etc.) y con bordados y galones en
su parte inferior; enaguas de lienzo; corpiños o
apretadores de crea; rebozos de bayeta de Castilla, con
galones y bordados o sin ellos, en colores verde, azul
y negro; medias de seda y de algodón; zapatos de tela y
de cuero fino.
De todo lo hasta aquí dicho y
transcripto, creemos que podemos dar muy claramente,
una idea del carácter, vestuario, peinado, etc., de
nuestras mujeres de campo, estancieras, paisanas y aun
chinas, en el período que estudiamos, de 1780-1820, con
todas las salvedades que sobre generalización, etc.,
hemos hecho con respecto de los hombres. En primer
lugar, no parecen caber dudas que las estancieras,
mujeres pueblerinas y paisanas, en general, además de
los atributos de belleza característicos de las
mujeres, que tanto subrayaron los viajeros, referidos a
la tersura de su piel, a sus grandes ojos, muchas veces
oscuros, pero también azules, a sus cabellos negros,
gracia de formas, etc.,
La paisana tenia una simpatía especial,
buen trato, dulzura y cortesía, totalmente naturales,
que aumentaban sus encantos y las hacían sobresalir
frente a los hombres que resultaban, en comparación,
rudos, secos e introvertidos, o parcos, cuando no
taciturnos y groseros, a despecho de la hospitalidad y
sobria cortesía características de nuestros hombres de
campo. Diferente parece ser el caso de las chinas mucho
más mimetizadas con los más bárbaros, duros y crudos de
nuestros gauchos, tenían como ellos aspecto desaliñado
y sucio, a veces casi varonil, muchas francamente
desagradable.
Sin otro maquillaje que un buen lavado
con agua pura y fría, de aljibe o de cachimba, con los
cabellos trenzados en una o dos trenzas, y estas o
sueltas a la espalda o al frente, o apretadas en
rodetes, o muy bien peinados, siempre con raya al
medio, en un moño, más o menos bajo, no llevaban otro
adorno para alegrar su cabeza, que una o dos peinetas,
o, menos frecuentemente, un peinetón y un par de
sencillos zarcillos de plata o de oro en las orejas; a
veces alguna cinta de color para ayudar a sujetar el
pelo, y, también a veces, una flor.
Como las mujeres de la ciudad, para ir a
la Iglesia, y no sólo a misa sino también para casarse,
el vestido (generalmente pollera y gran rebozo, ambos
de bayeta, o aquella de una tela más liviana y éste de
bayeta) era totalmente negro, siendo igualmente negros,
las medias y los zapatos.
La ropa habitual, de diario, era una
hermosa camisa, generalmente el orgullo de su dueña, de
una tela de algodón fina, engomada y azulada, con
bordados y puntillas, cuyo escote era redondo y
fruncido (escote aldeano o bote) y prendido a la
espalda con cintitas o botones, a veces con pasacintas,
otras con un volado o fichú de la misma tela, siempre
con bordados, muchas veces en colores contrastados,
azul o negro, tal como se siguen haciendo en la región
Cuyana; otras con escote cuadrado, con bordados y
botones al frente. Esta camisa a veces tenía mangas, al
codo o largas, en este caso, con puños y puntillas o
bordados en las mangas y puños.
A veces, el busto se retenía, por encima
de la camisa, con un apretador o corpiño, de crea, con
cintas y botones. En estos casos, generalmente se
ponía, sobre la camisa, una pollera de tela más gruesa
o más fina, según la época del año y la ocasión (de
bayeta, de indiana, de seda, de tripe, de cotonia,
etc.), generalmente de un solo color vivo (excepto el
negro, prescrito para la Iglesia), colorado, azul o
verde, con uno o más galones (de oro o plata) en el
borde, o con bordados en ese tercio inferior. Esta
pollera no sobrepasa tampoco, en su largo, la media
pierna, dejando ver, muy frecuentemente, el borde de la
camisa y enaguas. Era bastante ancha y bien fruncida en
la cintura, sin pretina.
Para paquetear las mujeres ya algo
maduras, usaban medias, generalmente de algodón, a
veces de seda, habitualmente blancas y los zapatos, sin
tacos, con tacos, muy bajos, y troncocónicos o
carretel, eran de seda, satín u otra tela, a veces con
bordados o pintados, o de un cuero muy fino (tafiletes,
charol, etc.). Tenían a veces también hebillas o una
moña de tela, o aplicaciones de mostacilla, o alguna
piedra de color.
Al de todos los días, un rebozo, o a
veces una chalina o ponchillo; en el primer caso de
bayeta o de punto, con o sin bordados y/o galones; las
chalinas o ponchitos, de telar, con una o dos franjas y
flecos. Siempre de colores vivos: azul, verde. amarillo
Todo contribuye a "civilizar" a la mujer
en el campo, a aumentar su deseo de lucimiento, de
emulación, de competencia, su natural y femenina
coquetería. Antes las mujeres brillaban por la
ausencia, es decir, eran codiciadas por su escasez.
Ahora las "gringuitas", con sus herencias culturales
europeas, donde la mujer es la que debe lucir, excitan
la competencia de las criollas y, todo redundará en un
mejoramiento en el vestir, en un preocuparse más por la
moda, en cambios más rápidos, aunque casi siempre, todo
se haga en un nivel cultural muy rural, muy simple,
generalmente colorido de más, de dudoso gusto y con un
algo de ingenua cursilería.
En lo que queda del siglo la pollera
femenina se alarga hasta el pie, sin dejar de ser
ancha, aunque esto ocurre, fundamentalmente, para
festejos, o para cabalgar, o aún para "dentro de casa".
La mujer que habita el rancho en medio del campo, no la
deja bajar del tobillo, para evitar se le ensucie, se
le prendan abrojos, etc. La camisa, arriba, es cubierta
por una blusa, generalmente de tela muy liviana, con
adornos en el frente, o pechera (lacitos, tablas,
bordados) y mangas largas, generalmente casi ceñidas al
brazo.
Sobre la blusa la chaqueta, con o sin
faldeta completa, a veces acuchillada, también solía
tener ciertos adornos en la pechera y hasta jabots, y,
muchas veces, en las más acomodadas o para el paseo,
religiosa, que terminaba, en ocasiones, siendo una
capita o esclavina. Siempre el chal o rebozo en
invierno, y, para cabalgar, el sombrero de pajilla o de
fieltro o la galera. Cada vez se usan más las medias
para paquetear. De algodón y aún de seda.
El calzado con botitas de elástico o con
botoncillos al costado y, de entre casa, para el
trabajo, o las menos pudientes, las alpargatas blancas
y con bordados en la capellada.
Hacia fines del siglo la falda se
angosta considerablemente y, en los vestidos más
paquetes se hace más larga atrás, con un poco de cola.
Se le ponen piezas superpuestas y se le da un corte (a
veces con la ayuda de una almohadilla, llamada polizón)
que acentuaba el perfil de los glúteos, buscando un
algo "picante", que nuestras buenas criollas tenían muy
natural...
Se tiende a afinar la cintura, y hasta
la campaña llegan los corsés y otros medios ortopédicos
o supercherías de la moda creados en los centros más
sofisticados del mundo occidental.
Empiezan a usarse, cada vez más los
vestidos enterizos, sencillos con anchos cinturones de
tela y abrochados en la espalda.
Hasta en el peinado se notan los nuevos
aires y el o los moños, el cabello levantado adelante y
"bombé", van desterrando a las trenzas y pautando los
gustos a la moda.
La calidad de las telas, los bordados,
cintas, aplicaciones de lentejuelas, canutillos,
azabaches, mostacillas, etc., todo dependerá, como es
natural, de la condición económica de la usuaria y de
la ocasión del uso de las prendas.
Con todo, en la campaña propiamente,
entre las mujeres de puesteros y peones, peonas,
sirvientas, pulperas, y otras, no tan honestas, como
carperas y quitanderas
Las telas predilectas son los percales y
las zarazas y, en ocasiones, mezclas de seda estampada
y, hasta panas. Siempre de colores muy vivos: los
colorados, celestes fuertes, amarillos; naranjas y
verdes están a la orden con las clásicas excepciones
del vestido negro, para la boda o el luto. O el
enteramente blanco para los bailes de "gran ocasión"
incluso cuando éstos duraban varios días y noches, para
"bailar los lanceros", o sea en la jornada culminante
del mismo para el compromiso y también, cada vez más,
como vestido de boda.
Los pollerones, de montar de la moza,
hechos en forma de cartera, con presillas de cuero,
para fijarlos a la montura, se confeccionan de telas
encarpadas y de colores más sobrios, como azul marino,
marrón, bordó, verde oscuro.
Siempre seguirán usándose varias
enaguas. Y en los percales blancos, el azul, el almidón
y el lustre, con las planchas de hierro calentadas con
brasas o en las "cocinas económicas", serán un lujo
especial de nuestras paisanas.
Hasta el "maquillaje" llega a la
campaña, y en los bailes la harina empalidece los
rostros (bastante tostaditos naturales); el carmín para
labios y mejillas se obtiene mojando algún papel
colorado, como el papel "crepé" que se usa para forrar
y hacer las guirnaldas y farolitos con que se adorna la
sala, el alero y el patio, en tales ocasiones. Un poco
de hollín dramatiza ojeras, que la salubridad campesina
hace inexistentes y sombrea ojos, que de puro negros y
brillantes no lo necesitan.
Desde el siglo XVIII y hasta casi los
albores del presente, fueron las auténticas
"colonizadoras y civilizadoras de un medio rural
áspero, rudo, primitivo y hasta brutal.
Pusieron siempre su cuota de gracia, de
ternura, de belleza, para desarrugarle el ceño a una
sociedad de hombres casi bárbaros, altivos y groseros,
a despecho de su natural hidalguía, sobriedad y
paciencia, no exenta de pachorrienta filosofía.
Supieron amar y ser fieles, sin tener
como contrapartida más que deseo sexual, costumbre,
muchas veces malos tratos y borracheras, cuando no
frialdad e inconstancia, en los mejores casos amistad y
respeto, unido a la apetencia pasional; nunca
romanticismo; casi nunca una lisonja o piropo; muy
pocas veces ternura, que, de una forma u otra,
alimentaran su espíritu, su sensibilidad natural.
Supieron ser madres y ¡qué madres!, que
durante casi dos siglos no hicieron más que parirle
cachorros de tigres a una tierra que vivió engordada
por la sangre ardiente de aquellos jóvenes, en perpetua
guerra, reclamando víctimas a cada generación que
aquellas heroicas mujeres concebían y amamantaban. No
hablemos de su abnegación. De su espíritu de
sacrificio, de su frugalidad -sólo comparable a la de
sus hombres- de la entereza de su carácter semejante al
viril valor de ellos
PILCHAS
GAUCHAS -
ORLANDO VERA CRUZ
Pilchas gauchas con
orgullo,
me gusta lucir a mí,
Porque ando cantando coplas,
Que en esta tierra aprendí |
|
Pero si ando musiquiando,
El canto de otro lugar,
Sin conocer un estilo,
Una baguala un valseao.
Gaucho de nuestra cultura,
Extranjero en mi lugar. |
|
Así es que pasó y nos pasa,
Todito lo que pasó,
Nos manosearon esnteros
La pucha que los tiró.
|
| |
|
|
|
|
No puede querer la madre,
Aquel que fue abandonao,
Así es parte de mi pueblo,
Extranjero en su lugar. |
|
Que fierro me suene
extraño,
O Lugones sea ignorao,
Eso si que causa daño,
Extranjero en mi lugar.
|
|
El pueblo quedó con poco,
Después de poner su empeño,
Y no imaginen en sueños,
Que algún día cambiará,
Si no se nos llena el alma,
De profunda indianidad. |
| |
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|
|
|
Saber de la antigua Grecia,
Y de historia universal,
Seguro que nos ayuda,
En la vida cultural.
|
|
Gente culta en capitales,
Vive de espalda al país,
Copiándoles hasta el tranco,
Y en el modo de vestir,
A los países lejanos,
Que nos vienen a vivir. |
|
Pongamos la pata en tierra,
Desnudemos la verdad,
Y enterémonos que hay muchos,
Que aunque hallan nacido acá,
Son extraños en el pago,
Extranjeros en su lugar.
|
Que cultiven la música,
De algún lejano país,
Seguro que no es pecado,
Si conozco lo de aquí.
|
|
Le hacemos el caldo gordo,
Al mismo que criticamos,
Y se pierde la memoria,
Del dolor de los hermanos,
Que sembraron con sus huesos,
Este suelo americano.
|
|
Viven
mirando la Europa,
O al piratón imperial,
Y si te ven pilchas gauchas,
Dicen que andás disfrazao.
Ay, ay, ay via dir parando,
Soy un criollo nada más,
No vengo a buscar tu aplauso,
Solo quiero tu hermandad. |
ATUENDO TRADICIONAL PARA DANZA
|
1-
|
2-
|
|

Lorena Arias y José A. Vaca |

Priscilla
Mansilla y Ricardo Cantos |
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Paisana y gaucho: 1820 – 1845
Mujer:
peinado a dos bandas con trenza, blusa de algodón,
falda larga a media pierna, enagua y calzones y
descalza (aún no había llegado la alpargata).
Varón:
sombrero panza e’ burro, camisa de algodón o hilo, bota
de potro en este caso de medio pie, chiripa,
calzoncillo con cribas de algodón, hilo o lino.
Pañuelo, en este caso cruzado. |
Estancieros: 1840-1860
Mujer:
Peinado recogido (a veces adornada con peinetón de
carey, hueso o marfil. Vestido o romántico o en este
caso blusa ceñida al torso, mangas amplias. Falda larga
haciendo juego.
Varón:
Galera, camisa de seda con cuello, chaleco de seda,
pana o terciopelo, chaqueta corta con solapas y
bolsillos de terciopelo, pana fina o paño. Faja
bordada. Tirador. Chiripá y Calzoncillo cribado y
bordado. Bota de potro cerrada en este caso. |
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3 |
4 |
|
3
María
Cecilia Mele
y
Sebastián
Vera |

Juan Carlos
Anachuri y Lucía Herrera |
|
Vestimenta de salón c. 1860
Mujer:
Peinado recogido con bucles o rulos. Vestido entallado
y con corsé, escote y mangas reducidos. Falda con
miriñaque
Varón:
Camisa, pañuelo a modo de corbatín y chaleco de seda.
Frac de paño con solapa de terciopelo. Pantalón largo
con tirapié de gabardina. Botas fuertes o botines.
|
Coya 1900 y anterior.
Mujer:
sombrero ovejón de fieltro. Pelo a dos bandas con
borlitas de lana de colores. Bata abotonada con faldón.
Chuspa (bolsa de lana tejida). Falda de picote (a veces
varias superpuestas) sujeta con una faja. Carpachos
(medias tipo guante). Ojotas de cuero. Rebozo al hombro
o cruzado en este caso.
Varón:
sombrero de fieltro. Camisa de tela burda. Poncho puyo
corto. Pañuelo golilla, al cuello o en la espalda,
pantalón de barracán (lana de alpaca con oveja).
Carpachos y ojotas. |
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5 |
6 |
|
5
Andrés Medina
y Carolina Olivera |
6
Lourdes Bruhn
y Omar Salazar |
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Litoral 1910-1930
Mujer:
peinado a dos bandas con trenzas. Blusa de algodón, con
mangas abullonadas y escote amplio con volados o
puntillas. Pañuelo en la espalda o cabeza. Falda
fruncida hasta media pierna de algodón. Faja tejida.
Enagua, calzones blancos y alpargatas.
Varón:
boina o chambergo. Camisa. Pañuelo como corbatín o en
la espalda. Faja vasca. Tirador de carpincho o vaca con
bolsillos. Bombacha amplia. Polainas y alpargatas |
Norteño 1890 en adelante
Mujer:
peinado a dos bandas. Blusa entallada de algodón
floreada y con broderí. Falda fruncida larga, hasta los
tobillos. Enagua y calzones. Zapatos de taco bajo, o
alpargatas o botas cortas.
Varón:
sombrero de fieltro ala ancha. Chaqueta abotonada o
corralera (puede ser saco corte sastre) y bombacha con
nido de abeja. Camisa de algodón. Faja. Tirador y
Rastra con monedas. Pañuelo al cuello. Bota fuerte.
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