Ni un rumor.
Todos los sonidos de la noche han
ido desapareciendo. Duermen los grillos, calla el
pajonal. El viento mismo es una cosa ausente. El aire,
inmóvil.
La montaña se llena de silencios en
el nacimiento de la luz. Algunas estrellas tenaces se
afirman en el cielo. azul, que ha perdido su intensidad.
Sobre los montes
del oriente vagan extraños tonos rosados, morados, lilas.
Ya no es preciso adivinar las cosas: ahí están los
algarrobos de la cuesta, la rama alta del álamo junto al
camino, el pedregal, la cerca, el cauce gris del río, los
oscuros terrones de tierra arada que huelen gratamente.
Sobre los pastos del potrero comienzan a brillar las
lágrimas del rocío.
¿Ha cantado un
ave...?
Algunos ranchos
despiertan a la vida del alba. Un humo breve se fuga por
encima de los techos quinchados.- Palidecen los últimos
tonos de la sombra. Ya no es un misterio la mañana. Ha
pasado el minuto del alumbramiento. Los pájaros ensayan
tímidos su canto matinal. Aletean probando la resistencia
de las ramas, prontos al vuelo.
En los patios los
hombres estiran los brazos para ahuyentar la pereza. La
tierra los espera como una amante fresca y perfumada.
¡Caminos!
Cicatrices del anhelo, de luchas,
venturas, de sueños y regresos.
Cada cruce, cada
bifurcación es un puerto de adioses. Caminos.. .
Venas abiertas por
donde corre la savia de la vida que... bradeña, donde
repica el tranco breve de las llamas y burrillos, donde
se deslizan las ushutas, donde nace el canto del hombre.
Caminos que suben
las cuestas del Cerro Bayo, salpicadas. de cardones
centinelas que custodian los oratorios a cielo abierto
que los indios llaman apachetas. Sendas que se esconden
en los montes de algarrobillo y churquis, y aparecen más
allá, pasando el río, y entran por
entre barrancos rojizos, arrastrándose hasta el caserío'
de la villa, donde la vida se anima y las casas se
aprietan como para vencer el frío y la soledad.
Caminos...
Por ellos van los hombres y las
mujeres hacia los cañaverales abajeños, a cambiar una
canción por paludismo. Por ellos pasan los runas arreando
su hato de llamas cargadas de sal. ¡CÓmO brillan las
alforjas, los chúcllos y los ponchos
comarcanos!
Allá pasan los
campesinos en procesión, conduciendo el pequeño Santo,
lastimando la mañana con el bronco sonido de los erkes y
el tum-tum del bombo.
Ayer bajaron el
cadáver de un puestero, estaqueado sobre la montura de su
mula, para velarlo en la Quebrada. La bestia piafaba
celosa, con instinto rebelado, mientras el muerto, tieso
jinete, cobraba apariencia de cactus. Lo único que en él
tenía vida, era el pañuelo que llevaba al cuello. Las
alas de' la golilla galopaban al viento y se asentaban
sobre sus hombros para agitarse en seguida en un
imposible esfuerzo por huir.
. Caminos...
Allá va el
pastorcito con sus ovejas, hacia la meseta fértil.
Revolea su honda, arma de paz. En el filo de la loma
parece una figura simbólica, como si arreara nubes. Más
que un hijo de la tierra, es un hermano del viento. .
Allá está la Chola,
cara de manzanita criolla, ordeñando la vaca y peleando
cariñosa con el ternero de ojos gran" des y húmedos en
los que se reflejan los pastos florecidos y alguna nube
errante. ¡Por ahí andan los jinetes criollos y los
caminantes indios. Vienen,. van, sueñan y sufren, cantan
y callan, andando, andando siempre, como el río, como el
viento.
Caminos.. .
CARNAVAL
Ha llegado el
Carnaval. Ha venido madurando montes y pastizales. Ha
bajado .de los cerros, en el grito largo del viento que
trae la risa de Pullay, el duende alegre
de sombrero rojo y cara enharinada. .
La Quebrada
despierta en su mañana fiestera y en todos los ranchos se
advierte inusitado movimiento. Las chinitas se han
vestido de domingo. Los mozos han sacado a relucir sus
mejores prendas camperas. Los árboles se mecen
en la danza' de la mañana asoleada. Y hasta los perros se
estorban en el ir y venir por los cuartos, las
cocinas y los patios. " . .
Todo. el mundo
marcha hacia las carpas levantadas en las afueras de la
villa. .Las chicherías, los boliches del camino
principal, hierven de gente. Los virques de
chicha y aloja relumbran al sol. Las viejas
venteras no se dan tregua vendiendo, entregando,
cobrando, protestando, riendo. Las kollas madres andan
por ahí, con sus huahuas llorosas y hambrientas. A veces,
las conforman y se descubren el seno oscuro y laxo en el
que las criaturas cumplen con el engaño y se quedan luego
calladas. Todo es un desfile de colores intensos: azul,
rojo, blanco, amarillo, verde, morado, batas floreadas,
zarcillos de plata, sombreros
relucientes, otros ovejunos. Las
cimbas de las chinas relumbran más que nunca.
Los hombres
conversan, se saludan cordiales, con amabilidad desusada.
El Carnaval apacigua rencillas. Es una fiesta de ponchos.
Ahí está el poncho rojo con guarda azul que usan los
gauchos de Cerro Pircado, que han bajado en la mañana con
sus chinas en ancas. Tienen platita en el bolsillo y
buena ley de plata en las espuelas. Está el poncho canela
de los serranos de Abra Grande, casi todos mestizos de
buen pasar, dueños de grandes majadas. Está el poncho
claro y colorinche del mocito
pueblero que llega a la fiesta con gesto de señor, y que
será seguramente el primero al que
habrá que auxiliar porque no aguanta el alcohol, o habrá
que dar, le una tunda porque se propasará con la china
que riéndose de él le ha de cantar:
¿A qué vienes, forastero,
si te han de sacar los cueros?
Ahí están los
ponchos del color de la tierra, y el poncho pardo de los
runas pobres, sin flecos ni guardas, ponchos sabios de
nieblas y ventiscas, cobija única en esas noches de ojos
abiertos. Todos forman un oleaje crepuscular, una
fantasía pictórica, cordial y melancólica a la vez.
Ahí están las
orquestas, en cada chichería, en' cada carpa.
En la carpa grande, la carpa de los pobres, están dos
quenas, un charango, una guitarra: y un bombo. Al
principio de las músicas se manifiestan ociosas durante
largos intervalos. Pero ya vendrá el desendreno. Los
musiqueros han comenzado a beber. Todos quieren
obsequiados. Chicha, aloja, cerveza y vino: cualquier
cosa que aturda los sentidos y aliviane el alma. Ya
cob,ra bríos el charango. Y toda suerte de bailes se
suceden. El bailecito, la zamba, la cueca, el gato, el
kaluyo, el carnavalito... El pueblo gira en las danzas
tradicionales y recobra posturas antiguas en la
cortesanía, en los saludos.
El bailecito ha
venido de arriba, del altiplano. Ha venido llorando
ausencias en las quenas y riendo fiestero en las cuerdas
.de los charangos. Nuestro pueblo labriego del Norte
argentino lo recibió con cariño y lo adaptó. Es que la
música no reconoce fronteras. Entre nuestro país y el
vecino del Norte no hay mayores diferencias. El paisaje
es el mismo; iguales las tierras, la piedra, el color de
las ropas y la manera de sembrar; iguales sus problemas,
sus sueños; igual su tragedia de pueblos olvidados.
Ya la zamba está
poniendo la nota amable en la fiesta. Ceremoniosa, dulce,
expresadora de amores y esperanzas, esta danza nuestra
tiene una jerarquía difícil de superar. El hombre rodea
gentil a la moza de ojos vivos, con su mirada ancha y.
limpia, le habla con el vuelo de su pañuelo, le
hace frente por momentos, desafiando esos ojos, y la deja
pasar para seguirla de nuevo, en un juego magnífico de
gesto y actitud hidalga. Nada hay de urgencia. Ya se
rendirá la moza cuando la música obligue la última ronda,
y el hombre alcanzará el amor simbólico.. y la mujer
llena de dignidad, inclinará su orgullo frente al.
enamorado constante y respetuoso. ¡Qué donosa es la zamba
de la carpa grande!
En la tierra bien
regada' se van dibujando los juegos de la danza. Apenas
si las espuelas del gaucho tintinean al ritmo de la
música para ayudarla, para levantar y afirmar el
gesto criollo de reclamo y disimular la inquietud de la
espera. .
Ella misma, morena,
robusta, ataviada en blanco y morado y con las largas
cimbas que le castigan la cintura, pasa y pasa la ronda
del baile, sin dejar huella en el suelo, tan liviana es y
tan entregada está a las cosas que le van despertando un
sentimiento...
Ha llegado el
Carnaval, la "Fiesta Larga" de los seres abandonados y Solitarios.
El acontecimiento los congrega; se discuten temas de
siembra, de minería, se engendran amores, se curan..
olvidos, se calman enojos, se olvida un poco el dolor de
vivir así. ,
. El movimiento es
intenso. Gentes van, gentes vienen. Allí, bajo -los
árboles, se amontonan lm¡ caballos y las mulas. . Algunos
han desensillado, dejando sus aperos al pie de los
algarrobos, y entre zamba y zamba se acercan a echar un
vistazo a las prendas y a las bestias.
-¡Se va un
gato!
Mientras los
músicos desparraman acordes como anuncio, las parejas se
llegan bajo la enramada, bajo la galería del boliche o en
el patio abierto. Algunos ensayan sus dedos en
castañuelas; los más mozos se agachan y frotan sus
manos en la tierra; las chinitas se acomodan
sus vestidos
chingados ; preparándose para
el coqueteo y la conquista posterior. Allá dispara
una kolla, perseguida por dos hombres que la quieren
regar con cerveza. Esquiva las mesas y las sillas, se
mete por entre los bailarines, pierde una ushuta y sale
al camino. La alegría se apaga un
momento en la pobre mujer, que desde lejos, airadamente;
se despacha contra los carnavaleros, insultándolos en
quechua y en castellano. Eso no es inconveniente para que
después la. veamos junto a sus perseguidores, bebiendo en
gran amistad, bailando con donosura, y más tarde, ebrios
todos, la escuchen cantar con la caja, coplas
andinas, un poco pastoriles y un - poco picarescas. .
Mientras tanto el
gato ha levantado un tropel de zapateos, unos
rítmicos, otros disparatados. Las espuelas se lucen en
acompasado tintineo, las botas apisonan el suelo, las
ushutas apenas cepillan el espacio, los ponchos se agitan
en oleaje crepuscular, y las mujeres se zarandean
livianas, graciosas, esquivas, tímidas. El tomtom del
bombo enciende las alegrías, calienta la sangre. Por ahí,
bajo la arboleda, hay un remolino de caballos y mulares,
producido por un redomón que tironeando se ha desatado y
busca la manera de escaparse, con las crines revueltas y
la mirada brava.
-¡Tópen! ¡Tópen! ¡Párenlo...!
.
Varios gritan. El animal vacila,
piafa desconfiado, se estremece como queriendo atropellar
la barrera de kollas que procuran pillado. Al rato está
asegurado, fuetemente maneado. .
Ríen algunos. Beben
todos. Bailan las parejas. La quena finge frivolidad. El
charango juega su alegría mestiza. El bombo se afirma,
quejándose rítmicamente. Chicha, cerveza, aloja, vino,
alcohol.
Y el
silencio de un año queda roto en las danzas, como un
cántaro sobre el pedregal.
Los ranchos de la quebrada de.
Cerro Bayo, como tantos. otros quedan vacíos, por decir
así. Todo el que puede caminar, desaparece por las sendas
que conducen a la villa. Es claro que queda el chango
pastor, y los perros, y alguna vieja renegona que ni
fuego prende. Los demás, los hombres, las chinas, las
mocitas, los changos curiosos, todos andan por ahí, por
las carpas, los boliche::;, los callejones...
El salteño
García, que tiene un rancho y unas cuantas'
botellas de alcohol en Puesto Chico, también ha compuesto
la ramada, prolongando la galería, agrandando el
guardapatio, allá, a tres mil metros de las salinas. y
tiene su gente, que bebe y se divierte, aunque con mucho
silencio y poca música. Apenas si hay un tamboril,
quejándose en la tarde fría. Pero sirve para que los
hombres prueben sus voces. Aplican la caja casi a la
sien. Y golpean, golpean, ritmando alguna vidala arisca:
Yo no soy de aquí...
Yo soy de El Mollar...
Seguime viditay
Tal vez te ha'i gustar...
y no falta la kolla
rotosa que le arrebate la caja
para repiquetear a la manera altiplaneña, y contestar la
copla con agudo canto:
Ese verso que ha cantau
es más viejo que mi agüela.
Procure volver p' al año
traendo una copla nueva...
Los cantos ruedan
por esas cumbres, caen a las quebradas, rebotan en las
peñas y se alargan en el aire fresco. Más allá, en los
valles, han de estar también, entre los jarillales y las
arenas, haciendo sonar las cajas y las guitarras,
pechando en las trincheras con sus caballitos
coludos y guapos. ¡Bien haiga la chaya...! y las mujeres
vallistas, grandes carnavaleras, camaradas bailarinas,
coplistas y jinetazas, gozarán de la fiesta con espíritu
alegre. Y han de decir la copla:
¿Qué casta será la mía...?
Mi magre no ha sio cantora.
¡Cuando oigo sonar la caja
se me hace el mundo totora...!
Era muy tarde ya, porque la luna
había andado la mitad de su jornada. Se han dormido los
borrachos, por ahí: unos en el
camino, otros al borde de las acequias, otros bajo los
árboles. Los caballos descansan con las orejas gachas y
la cabeza caída. El charango no suena ya. Las quenas se
han ido apagando de tanto llorar cantares. Sólo el bombo
es mago de la fiesta. Ahora alguien está gritando una
copla, y el bombo lo acompaña.
Mañana se seguirá
el baile.
ENTIERRO INDIO
Días pasados
enterraron al padre de Fabián Sarapura. Murió de puro
vivir, casi a los cien años. Mataron al perro, le rezaron
las viejas y le cantaron los amigos. Lo llevaron en la
media tarde, al camposanto de la loma. En el lugar se
levantan unas cuantas cruces de palo tableado a cuchillo.
Los kollas han pircado el terreno y, en trechos, está la
tapia derruida. Por esos huecos se meten mulas y burros a
estropearlo todo, buscando algún pasto. Los hombres del
cortejo se pusieron a cavar la tumba. Cada tantas paladas
descansaban. Y entonces los familiares del muerto los
convidaban con alcohol y tabaco. Esto es vieja costumbre.
Tolay había llevado la caja. No tenía el tamboril sus
tientos estirados. Estando flojos, el parche se apaga en
su sonido y produce entonces el tono necesario
para la copla de la despedida. .
Sin gritarla, sin
soltar esa voz de guijarro despeñado, Tolay dice la copla
ritual:
Te dejamos, Tatay,
pa que la tierra te abrigue.
Con tu poncho y tu perro
pa que te cuide.
Nosotros seguiremos, seguiremos...
¡y al final del destino
nos toparemos!
Los dos últimos
versos, como un responso, son coreados .. en voz baja por
los presentes. Alguien, sobre la cabecera de la tumba,
clavó el palo de la cruz utilizando una piedra como
martillo. El tablerito ostentaba este .epitafio: "A Tata
Sarapura. Sus hijos. Contra el olvido." .
Y
allí quedó el viejo kolla, bajo los cielos sin nubes. Los
labriegos se quedaron
un rato rodeando la tumba, ostentando el
lduelo. Después se volvieron a sus casas,
envueltos en la niebla que ya comenzaba a levantarse
desde el fondo de la Quebrada, como queriendo apurar el
ocaso. El viento deshilachaba los amagos de la cerrazón,
que se esfumaba lenta, mojando los ponchos, randa sobre
la escasa barba de los viejos, abrilIantando las cimbas
de las chinas y haciendo estremecer la pelambre de los
flacos perros. "En el 'cerro, la muerte, como la vida, es
sólo un matiz del silencio.
EL PONCHO
Entre la montaña y
sus criaturas hay una especie de vinculación, una
particular semejanza que se afirma en la magia de la
soledad.
El hombre respira,
y la piedra permanece inanimada.
Pero se desata el
viento y, entonces, sé uniforman las cosas y los seres,
formando una sola unidad estremecida; cruje el pajonal,
como si fuera el aliento cósmico de la tierra, el
pasto-puna tirita su dorado frío, y se animan en la
figura del pastor los flecos del viejo poncho.
¡El viejo poncho!
Alguien dijo que
por. los colores del poncho el hombre procura destacarse
de la enorme masa que el destino le dio por territorio.
Otros afirman que, por el poncho,
el hombre se confunde con su cerro nativo, que es como la
arena, como la arcilla, y adopta el color pardo, morado o
el rojo de las mesetas abandonadas.
Pero pensando en
los sueños dormidos en el alma de la raza, es de creer
que el hombre ha puesto en el poncho los colores que él
hubiera deseado para su vida.
Quien sabe si la
policromía del poncho montañés no esconde el poema de
tantos anhelos insatisfechos del hijo de la tierra.
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FUENTE:
libro: Antología de Atahualpa Yupanqui Editado
por Organización Editorial Novaro S.A. Barcelona
España - 1974 |