LAS ESTANCIAS, EL MALÓN Y LAS CAUTIVAS

En nuestras grandes llanuras eran territorio de los indígenas, mucho antes de que españoles, negros, blancos o mestizos, las invadieran ocupándolas por la fuerza estableciendo sus suertes de estancias. Y esto comenzó progresivamente y sin pausa, en las zonas aledañas a la ciudad de Buenos Aires, allá a mediados del siglo XVIII. La convivencia entre salvajes y cristianos se hizo entonces insostenible. Los unos porque les habían quitado parte de uno de sus sustentos diarios más preciados, y los otros, porque necesitaban de él para poder seguir conquistando más y más poder, y más tierras: el ganado salvaje. Eso hizo que aquellos que legítimamente se sentían dueños de esas tierras, al verse acortadas sus posibilidades de poder trajinar por ellas en procura de ese alimento esencial tuvieran que recurrir a realizar los temidos malones, que durante un largo período fueron el azote a las primeras poblaciones cristianas y que dieran origen a la aparición de los fortines de frontera.

En una de esas estancias, "Santa María" para ser más preciso, propiedad de Don AgustÍn López, había comenzado el día como cualquier otro: desde la salida del sol el trajín de peones en .su ir y venir de los corrales .agarrando y trayendo los caballos para su ensillada, el capataz recibiendo las órdenes en el escritorio del patrón, y las. mujeres en el casco al mando de Doña Gloria, esposa de Don AgustÍn, comenzando con las tareas de ordenamiento y limpieza. Todo parecía decir que iba a ser un día más en el largo historial de la vieja estancia, de las primeras en afincars,e cerca de la desembocadura del Río Salado del Sur y quizá la más avanzada en territorio indígena. Pero el destino les tenía preparado una desagradable sorpresa. Ese día..., pero primero hablemos de los patrones.

La familia de Don Agustín estaba compuesta, aparte de su señora, por dos hijos ya mozones, lindos y llenos de .vida. El varón, Aniceto, de 18 años, morocho y de pelo duro y tupido, corpulento y con un vigor que le afloraba a flor de piel, y Margarita, su hermana,una hermosa muchacha rubia, cuya cabellera al viento parecia un trigal maduro hamacado por la brisa, blanca y con unos ojos verdes vivos, que la hacían aún más llamativa y envidiable. Al verlos juntos, pocos podían decir que eran hermanos por lo. distinto de sus fisonomías. Pero por el contrario, los que bien conocían a sus padres, no tenían que preguntarse a quién salía uno y a quién otro, pues al verla a Doña Gloria, una mujer que a pesar de los años conservaba aún casi toga su belleza, era rubia y con los ojos más lindos que se vieran en leguas ala redonda, dueña de un cuerpo ágil y bien ceñido, por lo que pocas dudas quedaban al respecto. "De. tal palo, tal astilla" decían. Pero esta belleza iba a ser una condena para ambas. Uno de los peones, quintado.y llevado al Fortín San Juan Bautista, plantado sobre la ribera de la laguna de Chascomús, había desertado y marchando hacia el Sur y luego hacia el Oeste, había entrado en los' dominios del capitanejo Manuel Baigorria, que había sido subalterno de José María Paz y que a la muerte de éste, se había refugiado entre los ranqueles, adoptando sus usos y costumbres y que ocupaba la parte oeste de la provincia de Buenos Aires y asolaba esa parte de la provincia con continuos y feroces malones, y para congraciarse con ellos, conocedor de que una de las cosas que más añoraban eran la mujeres de los blancos, y sobre todo bonitas y rubias, les había proporcionado el dato de que en la estancia "Santa María" iban a encontrar dos preciosas mujeres, en referencia a la señora y la hija de Don Agustín, y que él los llevaría señalandoles el camino. Intimamente lo hacía tambien por venganza contra él, pues decía que su patrón no habia hecho nada para evitar el reclutamiento. El caso es que prontamente la noticia corrió como pólvora prendida entre la indiada y la idea de realizar un malón en busca de ese "tesoro" fue una sola idea.

Ese día... apacible y pleno de luz, que iba a ser como uno cualquiera, de pronto se convirtió en un infierno de sangre, gritos, fuego, corridas, y quejidos, que entreverados con los alaridos de los salvajes y el golpetear de los cascos de los caballos sobre la reseca tierra, crearon una imagen fantasmagórica y terrorífica. Apenas habian salido a realizar las tareas del campo, cuando una nube de tierra a lo lejos, les avisó del malón que en loca disparada se acercaba paor el lado oeste, es decir, que ya habían cruzado el Salado en algún punto, posiblemente, señalado por el desertor. Dando vueltas sus caballos e hincando sus nazarenas con brutal furia sobre sus flancos, emprendieron el regreso agitando sus ponchos y gritando a voz de cuello ¡Malón! ¡Malón! ¡Malón!.
En la estancia Don Agustín que recién había dejado de ver salir a su gente, prontamente y con la serenidad que debía guardar en esos casos, con tono fuerte y enérgico, comenzó a dar las órdenes de encerrarse en el casco, subir a la azotea y levantar la escalera a fin de quedar a salvaguarda de los salvajes, que estaban ya prácticamente encima de las casas.

Mientras afuera, el capataz y la peonada se habían atrincherado en el galpón, haciendo entrar tambien a sus caballos con ellos dejándolos ensillados, en caso de que tuvieran que salir por detrás de la indiada.
Pero esta vez la cosa iba a ser mucho más brava. Los indígenas cegados por la figura in-mente que les había creado el paisano desertor, estaban resueltos a lIevárselas costara lo que costara. En el entrevero de paisanos y mujeres, que asustados se entrecruzaban iban arriba de la azotea, dagas, facones y boleadoras en mano, Don Agustín buscaba afanosamente con su vista la figura de su hijo Aniceto, sin dar con él. Hasta que un grito de terror que heló su sangre, le avisaba que a sus dos mujeres, Gloria y Matgarita, que. no habían alcanzado a subir tratando de ayudar a Juana, la cocinera y ama de leche de su hija, que por sus años y gordura de no ser así, no iba a conseguirlo, habían sido víctimas del rapto por parte del capitanejo y su segundo y que a loca carrera, dejando el campo de batalla junto a casi el resto de sus compinches, se dirigían con ellas sentadas en la cruz de sus fletes, hacia el mismo rumbo por donde habían aparecido y que Aniceto, tratando de salvarlas, había caído atravesado por una lanza india y que yacía muerto en la entrada principal del viejo casco, junto al cuerpo de la querida negra Juana. Una rabia incontenible mezclada con el temor por el futuro de sus queridas mujeres, invadió su cuerpo y olvidándose del peligro, con el rostro enrojecido y daga en su mano diestra y poncho arrollado en la otra, avanzó sobre los últimos bárbaros que. trataban de desollar a dos de sus peones, que habían acudido en su ayuda y la gente de la estancia. Lanzando un grito que paralizó a los salvajes, quedando con sus lanzas levantadas y medio cuerpo dado vuelta ante la sorpresa, fueron presa de la ferocidad y la ligereza de acción de Don Agustín, cayendo sin poder emitir sonido alguno, pues habían sido certeramente degollados por su filosa daga, sedienta de venganza y desquite.
Cuando todo alcanzó la calma Don Agustín. sentándose sobre un tronco alejado del casco, solo y con su cara estrujada entre sus manos, pudo largar el llanto. La vida le había jugado una mala pasada. Lo mejor de su existencia se había ido en un momento. Sólo quedaba la esperanza del reencuentro con su mujer y su hija, si algún día lo podía lograr, ya que su hijo se había ido para siempre de su lado.

Con la caída de Rosas, Baigorria entró al servicio de la Confederación y fue entonces que pudo tener la oportunidad ansiada. Dirigiéndose a las tolderías, ya en paz y cerca de sus dominios, como quien busca lo que quiere pero que no sabe si lo quiere hallar, Don Agustín a paso lerdo de su caballo, entró entre la chusma, dirigiendo. su vista vigilante pero débil por sus años, a ambos lados, esperando ver sus rubias cabelleras como trigales al viento, sus ojos verdes como ensueños adorados, sus figuras ágiles y esbeltas, pero a medida que lo hacía un miedo enorme comenzó a invadir su cuerpo. Miles de preguntas sin respuestas se atropellaban en su mente. Desde abajo, otras mujeres y chicos lo miraban como algo raro, también preguntándose qué andaría buscando ese blanco en sus toldos. Había negado al fin de la fila y no había encontrado nada. Quizá, se dijo, estén en otra toldería, de otro cacique, pero en ningún momento sé le atravesó por su mente el pensar que hubieran muerto. Con el mismo paso cansino de su cabalgadura y ante la ilusión frustrada, volvió a salir

más agobiado que antes, pero con una nueva luz de esperanza: la de volver a encontrarlas en otra toldería.

Mientras lo hacía, desde la oscuridad de uno de los toldos, dos mujeres de cabellos rubios maltratados, de ojos verdes empañados por las lágrimas, aferrando fuertemente a sendos gurises, gritaban en silencio su amor perdido.

Fuente: Artículo publicado en el Diario "El Tradicional" Año 9 Número 65 Marzo /06
Agradecemos al Sr. Raúl Oscar Finucci Director del Diario "El Tradicional"
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