|
COSMOVISIÓN,
MITOLOGÍA Y LENGUA MAPUCHE
Por Jorge Vásquez Iturra
Director Nacional
Sección Arte y Cultura
O el camino para ser Kimche
nge aymi (ser hombre sabio)
“...No
es posible “aprender” mapudungun, sino se “aprehende” la
cosmovisión del pueblo que lo generó”.
Bajo esta simple lógica
pretendo daros a entender de manera muy humilde y pequeña la
inmensidad de la cosmovisión del pueblo de Lautaro y
Caupolicán, el indomable Arauco de Ercilla, los “hijos de la
tierra”.
Si hay un palabra que hiere
a los agentes globalizadores, es identidad. Y que mejor
ejemplo de identidad de un pueblo que se creía brotado de las
mismas entrañas de la Ñuke Mapu (Madre Tierra).
Así es: mapuche significa
“hijo de la tierra”, y por mapuches eran tenidos todos
aquellos nacidos en esta tierra de Chile, bajo el mismo Sol.
Huincache era la gente venida desde afuera, del
exterior y que no era nacida en esta bondadosa tierra. Pero
mapuches también eran aquellos hijos de blancos, descendientes
de conquistadores españoles nacidos dentro de la patria
araucana.
Es cierto que tenemos
sangre europea en nuestras venas, pero, identificarnos sólo
con lo occidental no debe ser nuestro horizonte. Somos algo
distinto, somos un pueblo nacido de dos grandes razas decía el
Dr. Nicolás Palacios, las cuales confluyeron en una tierra
hermosa y agraciada que produce los paisajes más hermosos,
“...copia feliz del Edén” como dice nuestro himno patrio.
Desconocer nuestros
orígenes, es desconocer lo que somos, lo que corre por
nuestras venas, lo que sentimos al ver las montañas
inmortales, lo que vivimos a diario, lo que dejamos en esta
vida.
Y desconocer lo que somos,
es desconocer también nuestro pasado y futuro. Para muestra de
lo que somos, un botón:
|
Curicó:
aguas turbias |
Cahuin:
fiesta, alegría y alboroto |
|
Collipulli: tierra café |
Pudahuel: lugar de brujos |
|
Manquehue: lugar de cóndores |
Peñalolen: cerros hermanados o parecidos |
|
Nahuelhuapi: isla de pumas |
Huelen:
estar siempre nuevo, renovado, animoso |
|
Quilicura: piedra inclinada |
Mapocho: lugar de pantanos |
|
Apumanque:
pareja de cóndores |
Rangui:
la mitad, en medio |
|
Vitacura: Piedras grandes |
Puyuhuapi: isla de los poyas |
|
Pichintún: poquito |
Pichiche: bebé, niño pequeño |
|
Coyhaique: valle de coigües |
Llalla:
suegra |
|
Kuriche: gente negra |
|
El saludo típico entre los
hijos de esta tierra es:
Se saluda a toda la gente
tratándolos como hermanos, ¿Por qué? Simple, porque todos
somos hijos de una misma madre!
El mapudungun significa “el
hablar de la Tierra” el lenguaje de la Ñuke Mapu, y el
hablar de la tierra es claro y puro, no existen insolencias o
garabatos, pues la tierra sabia y buena, no creó las malas
palabras, ni los insultos para tratar mal a ninguna de sus
hijos. El hablar de la tierra es hermoso y bello, y en lo
posible debe ser cantado con las melodías más lindas creadas
por sus hijos, inspiradas en las originales, como el trinar de
las aves, el chocar de las olas, el salto de los ríos, el
viento galopante en el aire.
Por eso es que el
mapudungun no lleva acentos rígidos, cada hombre debe ponerle
la entonación a lo que habla, pues es su sentimiento el que
tratará de expresar. Determinados acentos en determinadas
palabras pueden expresar tanto sentimiento de rabia, como de
amor.
Cuando dos mapuches se
encuentran existe toda una ceremonia, un protocolo que siguen
naturalmente. Primero se le saluda (hola peñi o
lamngen), segundo se le pregunta por su salud, porque como
está su familia cercana, luego su familia lejana, después su
gente, su comunidad y hasta su estado de ánimo. Se trata
de pasar la mayor cantidad de información, de manera tal de
funcionar como una suerte de noticiario diario de las
actividades y actualidad de cada comunidad y familia.
En el mapudungun existen
siete vocales, y según la teoría gramática, mientras mayor
número de vocales, más palabras puede tener un pueblo, y más
desarrollada es su lengua, y si hablamos de un pueblo que
lleva casi 20.000 años comprobado científicamente en Chile, no
es menor.
Pero ¿Qué pensaban los
mapuches respecto a su entorno?
Ellos creían que el mundo
era como una naranja, de la cual solo la mitad lo podían
apreciar quienes vivían en este mundo. Y cuando le enseñaban
esto a los niños, lo hacían con el kultrún.
Ellos
creían en el kultrún como un regalo de los dioses, en
el cual se expresaba una representación material de la tierra.
Tenía una parte visible y otra invisible, por eso la forma de
media naranja del instrumento mágico-ceremonial.
Durante las noches, el
Ngenpin (el dueño de las palabras) era el encargado de la
oratoria, y de contar en canciones las historias antiguas.
Eran verdaderos libros andantes, y contaban a los niños las
historias de cuando los dioses crearon la tierra, y le dieron
esta forma.
En la parte no visible del
mundo, la Wenumapu, habitan la familia Wenu, los
dioses, ellos son: Wenu Fücha (el anciano), Wenu
Kushe (la anciana), Wenu Weche (el joven) y Wenu
Ülcha (la jovencita). Aquí, en este mundo al igual que en
el visible, existe dualidad, no hay Fücha sin Kushe,
ni hombre sin mujer. Los ancianos son los encargados de
entregar la sabiduría a los jóvenes, y los jóvenes de inyectar
vitalidad a los ancianos.
Actúan como un todo único e
indisoluble. Tal vez por eso el éxito de Chaw Ngüneche
(Dios Padre) después de la incursión católica en nuestras
tierras.
Pero entre los dos mundos,
el de Nagmapu habitado por hombres y la Wenumapu,
residencia de los dioses, estaba la Rangiñmapu, la
tierra de los espíritus, que es una zona intermedia entre
ambos. Aquí viven todos los muertos, en espera por el término
de su aprendizaje.
Los símbolos que aparecen
en el Kultrún significan la vida (las cruces girando o
esvásticas) y se encuentran también representados el Sol y la
Luna. Las Y ejemplifican la “pisada del pollo”, cada pisada es
un día y el año se divide entre los cuatro grandes días o
pisadas del pollo (Solsticio de Invierno, Equinoccio de
Primavera, Solsticio de Verano y Equinoccio de Otoño).
La educación mapuche estaba
orientada hacia la inmortalidad. El principal objetivo no era
ser el más popular, ser el más rico, tener más mujeres, o
incluso ser lonko, eso no era lo esencial en la vida.
Lo más importante era ser kimche (hombre sabio), y
esto, la sabiduría, solo se alcanzaba aprendiendo todos los
conocimientos de la tierra, es decir, conociendo las leyes
naturales que dominan y dirigen la vida.
Si un ser nge (ser
humano) cometía algún error por desconocer las leyes
naturales, producía un desequilibrio en la naturaleza, por lo
tanto había que aprender a comportarse frente al medio, a ser
respetuoso por los demás seres vivientes, también hijos de la
Tierra, y de los dioses, y no por ser más pequeños, menos
importantes. Kimche nge aymi (ser persona sabia) era el
horizonte más preciado para esta raza.
Los hombres que dejaban el
mundo visible, y habían alcanzando gran sabiduría, vivían en
lugares más cercanos a la Wenumapu, y tras pasar cierto
tiempo, y alcanzar la sabiduría total, se unían con los dioses
grandes y pasaban a formar parte de ellos.
Cuando alguien dejaba este
mundo, no es que muriese y desapareciese para siempre, no.
Solamente se iba a dormir, para despertar después de un largo
viaje en el mundo de los espíritus, donde habitan todos
nuestros antepasados. Los que han sido destacados en la
comunidad, por su accionar, tienen privilegios en este mundo.
Por eso es que era habitual
que los espíritus de los difuntos nos vinieran a visitar, y
que conversaran con nosotros aconsejándonos incluso en
nuestros sueños. Y esto porque la sabiduría alcanzada por
ellos, podía ayudarnos en nuestras vidas, ya regidas por las
leyes naturales, emanadas de la creación de los pu ngüchem
(dioses).
Aunque también era habitual
la visita de los Pillan, aquellos espíritus más revoltosos,
que no habían aprendido a ser tan sabios, y estaban más cerca
de nuestro mundo, nos visitaban a menudo.
Los dioses dirigían nuestro
destino, y nosotros para llevar una mejor vida, debemos de
aprender cuáles son las leyes naturales que rigen el mundo, no
las creadas por los insensatos hombres, que de ser sabios, ya
no estarían aquí.
Estas historias, y muchas
otras las contaba también el werken, el mensajero de
los pueblos, que junto al ngenpin, eran los más cultos
de todos los hombres.
Durante el Nguillatún,
que se celebra para cada año nuevo, el Ngenpin hace un
canto introduciendo toda la mitología la mapuche, pueden ser
horas de hermosos cantos y relatos, a la luz de la fogata,
esperando la llegada de Gñelfe (la estrella de la
mañana) señalando el año nuevo, el día más corto del año, el
día en el que padre Sol comienza a acercarse nuevamente a
estas tierras, ese día es durante el Solsticio de Invierno.
Para año nuevo, las machis
hacían ceremonias donde “curaban” a las personas enfermas. Y
colocamos curaban entre paréntesis, porque ellas no sanaban,
sino que quitaban las energías negativas de los demás,
cargándoselas ellas. Gracias a su rito de Kefafan
(concentración) hacían oraciones para concentrarse, y
convencerse absolutamente de lo que iban a hacer, para que
ningún espíritu se interpusiese entre ella y su objetivo, por
muy poderoso que fuese. Por eso es que se desgastaban mucho y
solo podían repetir esto para el próximo solsticio.
Estamos en Wetripantu,
año nuevo, y además de contar historias antiguas, leyendas,
mitos y creencias; curar, quitar las enfermedades y celebrar
el año que se va, también se transmiten los conocimientos
ancestrales de generación en generación.
Estos conocimientos no son
producto de la “iluminación” sino que del propio aprendizaje
de los pueblo, mediante la observación de la naturaleza, algo
muy similar a lo que plantea Carlos Keller Rueff como el
óptimo dentro de las ciencias sociales en sus Tomos de
Sociología “...para alcanzar la verdad de la realidad
social, es preciso dedicarse primero a observarla y luego a
sacar hipótesis, conclusiones y finalmente leyes...”.
Los conocimientos antiguos
enseñan que al acercarse el Sol, se recibe más calor, hay que
abrigarse menos. El Sol da vida a la tierra, da más brotes de
plantas, durante este tiempo cantan los pájaros trinos
maravillosos.
Se deja lo viejo atrás y
comienza lo nuevo. A media noche toda la familia va a bañarse
a las vertientes, para botar lo viejo que se lleva en el
cuerpo, y recibir el año nuevo purificados por el agua de la
tierra. Previamente hacen una oración de agradecimiento por lo
que dejan atrás, y se enfrentan limpiamente para un año nuevo.
Se dan las gracias por las
cosas que pasaron, buenas o malas, ya que unas se disfrutan, y
de las otras se aprende. Se hacen además las pases, para
renovarse y empezar todo de nuevo.
A los niños se los engaña
diciéndoles que ese día el agua está más calentita que
cualquier otro día. E inmediatamente después, se celebra todo
la noche y el otro día completo.
Ese día además, ocurre una
actividad muy importante, se entregan oficialmente las
funciones a la comunidad por los lonkos a los nuevos
integrantes de la vida burocrática, los jóvenes que ya están
en edad de adquirir responsabilidades. Junto con el
Wetripantu (año nuevo), nacen también los personajes
nuevos para la comunidad.
Ese día además, ocurre un
acto muy simbólico dentro de las familias. Ese día el abuelo,
sella el pacto de linaje familiar, entregándole su nombre a su
nieto en edad previa a la adultez. Esta ceremonia se llama (lakutun)
y es muy importante porque no solo se continúa el linaje sino
que además, se preservan las tradiciones y riquezas propias de
cada familia.
También se hacen solamente
durante esta noche, los katawün, u orificios en la
oreja para colocarse aros. Extraña costumbre adoptaba apenas
un siglo antes de la llegada de los españoles,
influenciados quizás por los Inkas, o por pueblos más
lejanos como los Rapa Nui, eso a ciencia cierta aún no
lo sabemos.
El Wetripantu
siempre se recibe con mucha alegría. A partir de ahora las
flores brotan, los ríos corren vigorosos, los animales
comienzan a aparearse y generar más vida, y los hombres
comienzan a amarse nuevamente.
Para comprender este
pensamiento tal vez deberíamos fijarnos más en nuestro medio,
en lo que nos rodea, en nuestros bosques y montañas, ríos y
lagunas, valles y desiertos, en nuestra tierra.
Somos herederos del
valiente Valdivia y de sus heroicos acompañantes, que
cabalgaron durante meses, con medio centenar de kilos de
armaduras en busca de una tierra en paz, para trabajar la
tierra y criar familia.
Pero también somos
herederos de esto otro, de los Wetripantu, de las
machis, de Peñalolén, de los Pillán, y de la
Ñuke Mapu. Más aún, con una tierra tan linda, llena de
todo, llenada por todos los paisajes y climas del mundo, es en
verdad una Madre Tierra, una Patria llena de magia y vida que
nos invita a conocerla un poco más, respetarla y quererla,
quizás incluso hasta algún día a ser pu kimche (hombres
sabios), y comprender un pichintún las leyes que rigen
nuestro destino, regalándole de esta manera un mejor mundo a
nuestros pichiches, a los que vendrán.
 |